Un tiranosaurio en Copenhagen

El primero, comprender que la sostenibilidad de lo viviente exige soluciones transideológicas, es casi un hecho; el que entra al shan de la ONU a buscar la supervivencia de la especie sabe que ha de dejar en la puerta sus zapatos políticos (los tirapiedras piden «no cambiar el clima sino el sistema»; ¿atinarían a calcular que hay que sobrevivir primero para seguir discutiendo de sistemas?). El segundo tomará varias cumbres: dicha sostenibilidad es una meta ultraeconómica; la economía, downsized, habrá de ponerse al servicio de lo ecológico y no a la inversa, recuperar el glorioso concepto de «familia humana» y concretarlo en enormes transferencias de recursos a los menos aventajados (la cumbre abrió ese camino). También urge reeditar el coraje civil de los años sesenta y terminar de desactivar la bomba demográfica, causa primaria de nuestra cercanía al abismo: ninguna estrategia para evitar el catastrófico tipping point de los 3 grados Celsius resultará confiable si no logramos, con 1,6 hijos por mujer, volver a ser 3,6 millardos en 2150. Y falta por supuesto el viraje profundo: universalizar esa moral a futuro profetizada por N. Hartmann en 1926. Somos hijos de milenarias religiones y morales de la recompensa; la inminencia de la catástrofe ecológica nos impone hacer el bien sin compensaciones, cuidar hoy el planeta azul a incontables generaciones futuras que nada sabrán de nosotros.

El incompetente Chávez preside un país ecológicamente no virtuoso que contribuye con 3,5% (no es poco) a la contaminación terráquea por hidrocarburos, es el mayor emisor latino per cápita de gases/ invernadero y está en cero en energías alternativas. Él debió ir a la cumbre con decorosa modestia y dignidad a plantear nuestras complejidades según las ponderan los mejores ecólogos venezolanos (no el ALBA ni los cubanos), y contribuir con sensatez al cambio de mentalidad. ¡Pues no! Eludió las dimensiones moral, demográfica y económica del problema, evitó hablar de su propio país y, cual guapo de barrio que busca bronca, retrocedió el discurso a la casilla ya universalmente superada, la ideológica. Resonó así en tan dramática cumbre su precámbrico ritornelo antiimperialista contra «el capitalismo un sistema destructivo  responsable del desastre ecológico», a lo que añadiría luego, en un rapto de modesto delirio, que «del éxito de nuestro socialismo del siglo XXI, depende… en gran medida la salvación de la vida en el planeta». ¡Pacotilla ideológica, anticientificismo, mala fe y delirio de grandeza revueltos! No hay relación causal entre regímenes y contaminación, y si la hubiere los antimodelos a citar serían más bien la URSS y la China de Mao que masacraron ecológicamente sus propios hábitats.

Tras semejante degradación cantinflérica del magno tema ecológico, urge que los especialistas planteen al país, con menos localismos, las dimensiones universales del drama ambiental. Porque los medios tampoco ayudan; el 7 de diciembre, 56 grandes periódicos del mundo saludaron la cumbre con un idéntico editorial: «Clima, nos queda poco tiempo». Nuestra mejor prensa informó del evento a una columna y cuatro líneas de texto, la mitad del espacio que concedió a las hazañas de un jinete.